h1

De Noche

Enero 3, 2008
h1

La niña sin sonrisa

Diciembre 20, 2007

Caminaba arrastrando sus zapatos sobre el arenoso suelo de la plaza junto a mi calle, una niña de mirada perdida y sin sonrisa. Vestía una gran casaca café oscura, medias color carne que se habían despuntado en el camino, todo su cabello alborotado en una melena singular, y sus ojos tristemente grises, pero que jamás habían probado el placer ambiguo de una lágrima; digo sin sonrisa, porque tenía labios, pero eran casi del color de su piel, y siempre estaban contorneados sin deslizar ni siquiera una finura feliz. Había nacido pálida, casi gris como las nubes de invierno, y así también su boca, eternamente silenciosa.

Cuando ya se estaba lo suficiente grande, un muchacho le preguntó porque jamás estaba alegre; enmudeció sorprendida, porque su vida había sido plena y muda; nunca había deslizado de otra manera aquella grieta singular, situada al sur de su rostro. Entonces salió al día siguiente de su casa y emprendió la búsqueda tras su sonrisa perdida, o mejor dicho, jamás tenida. Pasó muy observadora por todas las plazas que cruzaba; porque siempre le habían encantado; se subió hasta el árbol más alto, pero en ninguna hoja la halló, ni tampoco la vislumbró desde la altura; buscó hasta en el rincón más recóndito de su casa, recorrió cada prenda que tenía en su armario, los bolsillos, en los cajones entre los papeles, las cartas y otros objetos olvidados en el tiempo; contempló acostada el firmamento y sus diáfanas nubes, para entender si había emprendido el vuelo, antes de aparecer ninguna sola vez en su vida. Entonces tuvo que salir de su callado ensimismamiento para preguntarle a toda la gente que pasaba a su lado en las avenidas, si habían visto su sonrisa; pero nadie le contestaba, estaban acoplados por entero en sus propias vidas, y no le prestaron atención; otros se rieron a carcajadas y se burlaron de su aspecto gris; algunos la miraron con piedad, y pensaron que la pobre sufría miserable locura.

Finalmente regresó a su pieza callada, y se miró en el reflejo del vidrio; se sintió decepcionada, fea, más funesta que ninguna vez. Sus ojos brillaron intensamente una hermosa línea de agua, y vieron nacer entonces un pequeño lamento rocío, el cual se deslizó tiernamente hacia sus labios, acunándose en ellos; luego se volvieron rosáceos, y ella misma se sonrojó avergonzada. Para entonces, esbozó tímidamente una sonrisa, que pronto se volvió una risueña melodía eterna en su lengua.